31 mayo, 2014

SE ACABÓ LO QUE SE DABA



   Las cosas de la vida se parecen en muchas ocasiones a las recetas de cocina. Que algo sepa bien o no, depende de detalles muy pequeños, insignificantes. Detalles a los que no prestamos atención en su momento, pero que terminan por determinar el sabor de todo el guiso.

   Dice una vieja máxima, que lo que empieza mal es muy difícil que termine bien, pero yo no lo creo así. Todas las cosas tienen que terminar alguna vez, más pronto o más tarde, y si bien, muchas veces no podemos decidir el modo en el que empiezan, siempre podemos decidir como terminan. Al menos, en lo que se refiere a saber vivir mejor nosotros el inevitable fin.

   Hay que mirar atrás sin amargura, y saber apreciar los buenos momentos que la vida nos ha regalado o que hemos sabido construir. Pero teniendo siempre presente que alguna vez, tendremos que hacer borrón y cuenta nueva.

   La vida es así. Nada perdura para siempre. Y nuestra única defensa ante sus vaivenes, consiste en tener la pizca de sabiduría suficiente, para saber que muchas veces vamos a tener que empezar de nuevo.

   Evidentemente el cambio cuesta, y no es nada fácil, sobre todo si nunca hemos tenido intenciones de cambiar, pero es la propia vida la que se encargará de ir despejándonos el camino.

   Tratar de resistirse a estos cambios es muy humano, pero es una gran error que no conduce a nada bueno. Finalizar bien un periodo de nuestra vida, es incluso más importante que empezar otro con el viento de cara.

   Lo mismo que en la cocina, en la vida hay cosas que pueden enmendarse y cosas que no. No es lo mismo pasarse de sal que dejar algo muy soso. Y es evidente que mi guiso a estas alturas, está ya salado como los perros, así que no me queda otra.

A la basura con él, y a empezar a cocinar algo más rico.