13 octubre, 2013

LAS CRÓNICAS DEL FAEDO



Una vez que uno ha conseguido pararse en medio del camino, (lo que no siempre es fácil en este mundo "tan" movido y "tan" moderno) , con el tiempo suficiente para reflexionar y mirar de dónde vienes y hacia dónde vas, las ideas empiezan a bullir en tu cabeza.

   Cuando la vida te lleva a callejones sin salida, (mejor dicho, a callejones donde uno no ve la salida, porque la salida siempre existe) , sentimos el deseo de huir hacia adelante, de abrirnos paso a costa de lo que sea. Y de este modo, y con ese afán, empezamos a darnos de cabezazos contra la pared que nos ha surgido enfrente, empecinados en continuar por la misma senda. 

   En momentos así, es necesario detenerse, reflexionar y volver a reinventarse. Cambiar los muebles y la decoración de nuestra "cabeza", y explorar caminos nuevos. Respirar profundamente y darse el gusto de hacer lo que te venga en gana, lo que realmente en ese momento te apetece.

   El problema suele estar, en saber que es lo que realmente te apetece. Al mismo ritmo que surgen nuevas ideas , nosotros vamos desechándolas bajo las excusas más variopintas. Pero finalmente uno se aclara, o cree aclararse, y empieza a escribir. Quizás sin mucho orden al principio, pero poco a poco esas ideas van tomando forma escrita.

   En este caso, algo que tengo claro, y que ahora mismo me apetece mucho, es empezar a contar las "cosinas" divertidas y peculiares de los pequeños pueblos. No tengo que imaginarme nada exótico, me basta con hablar de las cosas y las gentes de este rincón del mundo en el que ahora vivo.

   A pesar de que estamos lejos de casi todo, de que somos muy pocos y no tenemos acceso a gran cantidad de servicios, que están a la vuelta de la esquina en las ciudades, disfrutamos, sin ninguna duda, de una enorme calidad de vida.

    Pues no puede llamarse de otro modo, a lo que se siente cuando miras un cielo limpio y plagado de estrellas una noche de verano. A despertarse con el canto de la alondra, o con el explosivo y estridente quiquiriquí de un gallo.



   El nombre de Crónicas del Faedo, es un pequeño homenaje a ése mágico bosque de mi tierra, donde a menudo me pierdo intencionadamente, y después, sin quererlo, verdaderamente me encuentro. Y a aquella mítica serie de televisión del inolvidable Antonio Mercero que se llamaba Crónicas de un Pueblo.

    La intención es exactamente la misma, pasar un rato divertido mientras cuento las peripecias de unos personajes de carne y hueso, pero que parecen sacados de una fábula de Samaniego. O de un chiste de Gila, y algunas veces, hasta de una parábola del nuevo testamento.

Pues nada, pues eso, que inauguro un apartado nuevo que se llama, Crónicas del Faedo.



2 comentarios :

  1. Pues anda que yo no vivo en un pueblo tan pequeño, y bien que oigo el puñetero gallo, bueno, unos cuantos. Cuando lo escucho y aún no he dormido doy por definitivo que me he desvelado.

    A mí me gustan mucho los pueblos, conste. Viviría en uno aún más pequeño que el mío, pero bueno, ya se sabe que las cabras tiramos pa'l monte.

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    1. Pues, fijate que yo pensaba que no me iba a gustar demasiado vivir aquí. Que más o menos somos 20 vecinos y la tienda de ultramarinos más cercana está a 15 Km. Pero al revés, ahora estoy encantado. Ya no lo cambiaría por vivir en una ciudad.

      Besinos

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